El efecto de la inflación en la cesta de la compra: ¿qué está cambiando en la dieta y cuáles son las repercusiones nutricionales?

LAURA PÉREZ NAHARRO
Dietista-nutricionista y divulgadora
Especializada en nutrición clínica, pérdida de grasa y alimentación infantil


El aumento de los precios de los alimentos se ha consolidado como un factor determinante en la configuración de los hábitos de consumo y la calidad nutricional de la dieta en España durante los últimos años. En una población que ya presentaba una adherencia limitada a las recomendaciones dietéticas, la inflación alimentaria está acelerando la reconfiguración de la cesta de la compra, intensificando el alejamiento del patrón mediterráneo y el riesgo de desequilibrios nutricionales. Analizar estas transformaciones resulta fundamental para comprender su impacto en salud pública y para orientar estrategias que permitan garantizar una adecuada cobertura de nutrientes esenciales en un contexto marcado por condicionantes económicos crecientes.

En este escenario, la alimentación suele convertirse en uno de los primeros ámbitos en los que los hogares ajustan su gasto, incluso antes que otros bienes y servicios con menor impacto directo sobre la salud. Este hecho pone de manifiesto una percepción social persistente de la alimentación como un gasto flexible, más que como una inversión en salud. La consecuencia inmediata es una pérdida de calidad dietética, con implicaciones relevantes para la prevención de enfermedades y para la equidad en salud, lo que refuerza la necesidad de intensificar las estrategias de educación nutricional, especialmente en contextos de presión económica.

Declive en la calidad de la dieta y ruptura con el patrón mediterráneo

Según datos recientes, tres de cada cuatro familias han reducido su gasto para poder afrontar la subida de los precios de los alimentos1. Este ajuste no se limita a una disminución del volumen adquirido, sino que conlleva una reorientación de la cesta hacia productos percibidos como más económicos y saciantes, a menudo a expensas de alimentos frescos y de mayor calidad nutricional. En este sentido, más del 80 % de los consumidores reconoce haber cambiado sus hábitos de compra, priorizando la optimización del gasto frente a criterios como la calidad o el valor nutricional2.

Este cambio se enmarca en una evolución prolongada del patrón alimentario en España, con un deterioro progresivo de la calidad de la dieta documentado desde 2014 por la Organización de Consumidores y Usuarios3. El distanciamiento del patrón mediterráneo —caracterizado por una elevada presencia de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva y el consumo de fuentes proteicas de calidad— se ha visto acentuado por la presión económica reciente. Desde una perspectiva nutricional y de salud pública, el abandono de este patrón se traduce en dietas menos variadas, con mayor contenido energético y con peor perfil nutricional, lo que aumenta el riesgo de enfermedades crónicas y acentúa las desigualdades sociales en salud.

Los productos característicos de la dieta mediterránea presentan, en general, un mayor coste por unidad de peso y por ración percibida que otras opciones ultraprocesadas. De acuerdo con los datos del Índice de Precios de Consumo, las frutas frescas se situaron entre los grupos que más se encarecieron en 2024–2025, con incrementos interanuales superiores al 20%4.

En términos prácticos, un kilo de manzanas, cuyo precio mínimo se sitúa habitualmente en torno a los 2 euros, equivale a tres o cuatro piezas de fruta, mientras que por un importe similar es posible adquirir un paquete de bollería industrial de una docena de unidades. Aunque el valor nutricional de ambos productos es radicalmente distinto, el cálculo económico inmediato favorece opciones más económicas por unidad, pero con peor calidad nutricional.

Descenso del consumo de alimentos clave: pescado, carne, huevos y lácteos

El encarecimiento progresivo de los alimentos de origen animal también se está reflejando en su menor presencia en la dieta habitual de los hogares españoles. Los datos más recientes del Panel de Consumo Alimentario en los Hogares del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación evidencian un descenso continuado del consumo per cápita de pescado, carnes y lácteos, con una intensificación coincidente con el repunte inflacionario del periodo 2022–20245. Esta reducción responde, en gran medida, a un efecto precio, que sitúa a los alimentos proteicos de mayor calidad nutricional entre los primeros en verse desplazados cuando el presupuesto doméstico se ve limitado.

El pescado constituye el ejemplo más ilustrativo de esta tendencia. Su consumo presenta desde hace años una trayectoria descendente que se ha intensificado en el actual contexto de inflación. Análisis recientes de la prensa económica indican que el pescado fresco es el alimento del que más prescinden los hogares cuando se encarecen los precios, seguido de las carnes y los huevos6. Esta evolución resulta especialmente significativa desde el punto de vista dietético, dado el valor nutricional del pescado (fuente principal de ácidos grasos omega-3 de cadena larga, entre otros muchos) y su arraigo en las costumbres alimentarias en España, así como la limitada sustitución por alternativas nutricionalmente comparables, como las conservas, cuando su presencia disminuye en la cesta de la compra.

En el caso de la carne, los datos oficiales muestran un descenso global del consumo, más acusado en las carnes frescas, acompañado de una sustitución parcial por productos cárnicos procesados favorecida por su menor coste y mayor vida útil5. Desde el punto de vista epidemiológico, este desplazamiento resulta relevante, ya que la carne procesada ha sido clasificada como carcinógena para humanos (Grupo 1) por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, con evidencia suficiente de asociación con cáncer colorrectal. Por tanto, la disminución del consumo de carne no implica necesariamente una mejora del perfil dietético, sino un cambio en la calidad global de la dieta.

Los huevos y los lácteos, históricamente considerados opciones accesibles y de elevado interés nutricional dentro del grupo de alimentos de origen animal, tampoco son ajenos a esta dinámica. Durante décadas han desempeñado un papel clave como fuentes asequibles de proteínas de alta calidad y micronutrientes esenciales en la dieta cotidiana. Sin embargo, tras una relativa estabilidad en las primeras fases de la pandemia, los estudios de tendencias del consumidor indican que la presión sobre el gasto está reduciendo su presencia en la cesta de la compra, especialmente en los hogares con menor renta disponible7.

En el último año, los huevos se han situado entre los productos con mayores incrementos de precio dentro de la cesta alimentaria, con subidas interanuales de dos dígitos que, según los datos más recientes de precios al consumo y la prensa económica, se sitúan en torno al 30%. Este encarecimiento se ha trasladado también a productos elaborados en los que el huevo constituye un ingrediente relevante, como la repostería y los dulces tradicionales. Por su parte, los productos lácteos han experimentado un encarecimiento progresivo, que afecta tanto a la leche como a derivados de consumo habitual, limitando su accesibilidad pese a su papel cotidiano y su contribución nutricional en la dieta.

Inflación y dieta infantil: un impacto silencioso

La inflación alimentaria no afecta de forma homogénea a todos los grupos de población, y su impacto resulta especialmente relevante en la infancia, un colectivo que no participa en la toma de decisiones de compra, pero que experimenta de forma directa sus consecuencias nutricionales. Los niños no eligen la composición de la cesta de la compra, pero dependen de ella para cubrir sus necesidades energéticas y de micronutrientes en una etapa crítica para el crecimiento, el desarrollo y la adquisición de hábitos alimentarios.

En contextos de presión económica, los hogares tienden a priorizar alimentos más económicos, saciantes y de alta densidad energética, lo que se traduce con frecuencia en una mayor presencia de productos ultraprocesados ricos en azúcares añadidos, grasas de baja calidad y harinas refinadas, en detrimento de alimentos frescos y de mayor valor nutricional. Este desplazamiento resulta especialmente preocupante en población infantil, ya que favorece dietas adecuadas desde el punto de vista calórico, pero pobres en micronutrientes esenciales.

Más allá de los efectos nutricionales inmediatos, esta situación conlleva un riesgo añadido a medio y largo plazo: la normalización de patrones alimentarios de baja calidad desde edades tempranas. La exposición habitual a dietas monótonas, poco variadas y con predominio de productos de bajo perfil nutricional puede consolidar preferencias alimentarias difíciles de revertir posteriormente, incrementando el riesgo de obesidad infantil, déficits nutricionales y enfermedades crónicas en la edad adulta. Desde una perspectiva preventiva, la infancia representa, por tanto, un punto crítico de intervención frente a los efectos de la inflación sobre la calidad de la dieta.

Nutrientes comprometidos y evolución de su ingesta

La combinación de pérdida de poder adquisitivo, encarecimiento de los alimentos de origen animal y búsqueda de opciones más económicas está configurando un patrón alimentario menos diverso y con una calidad nutricional global más limitada, incluso cuando el aporte energético total puede mantenerse.

Los estudios poblacionales nacionales indican que, aunque la contribución de las proteínas al aporte energético total se sitúa dentro de los rangos recomendados, su calidad y procedencia son desiguales, con un peso relevante de fuentes animales tradicionales8. La reducción de estos alimentos compromete la disponibilidad de proteínas de alto valor biológico (como las proteínas lácteas o las del huevo), especialmente en etapas de mayores requerimientos fisiológicos, sin que esta disminución se compense con un mayor consumo de legumbres, cuya ingesta sigue siendo insuficiente en amplios sectores de la población. En población infantil, esta disociación entre suficiencia energética y calidad nutricional resulta especialmente evidente, con perfiles dietéticos caracterizados por un exceso de grasas saturadas y aportes subóptimos de micronutrientes críticos9.

Entre los minerales, el calcio y el hierro figuran entre los nutrientes más vulnerables. La evidencia disponible indica que una proporción relevante de la población, especialmente adolescentes, mujeres en edad fértil y personas mayores, no alcanza niveles adecuados de ingesta8,10. La reducción del consumo de lácteos, carnes y pescado refuerza esta tendencia, aumentando el riesgo de alteraciones en la salud ósea, anemia ferropénica y deterioro funcional. En población infantil, hasta una cuarta parte de los niños mayores de cuatro años presenta ingestas de calcio por debajo de los requerimientos medios, pese a un consumo energético suficiente9, evidenciando una creciente desconexión entre la cantidad de alimentos consumidos y la calidad nutricional de la dieta.

En cuanto a la vitamina D, representa uno de los nutrientes con mayor grado de inadecuación en la población española. Menos de una quinta parte de la población adulta alcanza ingestas acordes con las recomendaciones, con cifras aún más bajas en niños, adolescentes y personas mayores10. Esta situación se observa también en población infantil, incluso en grupos con consumo habitual de productos lácteos adaptados, a pesar de que estos se acercan más a las ingestas recomendadas11, y responde a una combinación de factores bien documentados, entre ellos la limitada contribución dietética de este micronutriente, la reducción del consumo de pescado graso y una exposición solar efectiva insuficiente.

Los ácidos grasos omega-3 de cadena larga (EPA y DHA), estrechamente vinculados al consumo de pescado azul, representan otro punto crítico. Los datos disponibles confirman ingestas claramente inferiores a las recomendaciones, especialmente en población infantil, donde el aporte medio de DHA se sitúa muy por debajo de los valores de referencia9,10. La significativa reducción del consumo de pescado observada en los últimos años agrava este déficit, con posibles implicaciones sobre la salud cardiovascular y el neurodesarrollo.

Por último, las vitaminas del grupo B —en particular folatos y vitamina B12— ya mostraban una adecuación insuficiente en amplios segmentos de la población antes de la crisis inflacionaria. La menor presencia simultánea de alimentos de origen animal y de verduras, frutas y cereales integrales en la dieta incrementa el riesgo de que estas carencias se amplifiquen, especialmente en mujeres en edad reproductiva y personas mayores.

En conclusión, el deterioro del patrón alimentario se asienta sobre una adecuación nutricional limitada y una baja presencia de alimentos vegetales, dando lugar a dietas más densas en energía, menos saciantes y de menor calidad nutricional.

Necesidad de alternativas nutricionales complementarias

Ante el escenario de una pérdida progresiva de calidad y diversidad dietética condicionada por factores económicos, las estrategias de fortificación de alimentos y la suplementación dirigida adquieren relevancia como herramientas de apoyo para preservar la adecuación nutricional. Estas intervenciones no sustituyen una alimentación equilibrada, sino que actúan de forma complementaria cuando el acceso regular a alimentos básicos se ve limitado y la dieta habitual no garantiza una cobertura suficiente de nutrientes esenciales. Su aplicación requiere un enfoque racional, basado en la evidencia y adaptado a las necesidades de cada grupo poblacional.

La vitamina D constituye uno de los ejemplos más representativos de este abordaje. Aunque existen fuentes dietéticas, su contribución habitual resulta limitada en relación con los requerimientos, y la síntesis cutánea depende de una exposición solar que no siempre es suficiente.

Los datos disponibles indican que el consumo regular de alimentos fortificados con vitamina D se asocia a incrementos significativos de las concentraciones séricas de 25-hidroxivitamina D en adultos y población pediátrica, con relevancia clínica y un perfil de seguridad favorable11, en línea con las recomendaciones del International Osteoporosis Foundation Vitamin D Working Group12.

En el caso del hierro y otros micronutrientes implicados en la prevención de la anemia, la fortificación de alimentos de consumo habitual y la suplementación selectiva en grupos de riesgo se asocian a una reducción significativa de la prevalencia de anemia a lo largo del ciclo vital, con especial impacto en mujeres en edad reproductiva, gestantes y población infantil13. De forma similar, micronutrientes como el zinc, cuya biodisponibilidad dietética está estrechamente vinculada al consumo de alimentos de origen animal, pueden verse comprometidos en contextos de menor diversidad alimentaria. En este sentido, la fortificación con zinc se asocia a mejoras consistentes del estatus nutricional y a una reducción de la deficiencia, con efectos adicionales sobre el crecimiento infantil y la susceptibilidad a infecciones14.

Más allá de los micronutrientes, determinadas etapas del ciclo vital pueden requerir estrategias suplementarias específicas. En población mayor, el riesgo de sarcopenia se ve acentuado por una menor ingesta proteica de calidad. En este contexto, la suplementación con creatina, combinada con una ingesta proteica adecuada y ejercicio de fuerza, se asocia a una mejor preservación de la masa magra y a mejoras en la fuerza muscular15. Actualmente nos encontramos en el mercado productos enriquecidos en proteínas que pueden ser útiles en población mayor. Los estudios apuntan a que la suplementación proteica personalizada y codiseñada con productos lácteos integrales fue una estrategia aceptable y exitosa para aumentar la ingesta proteica en adultos mayores de 80 años que viven en la comunidad16.

Conclusiones

El incremento sostenido del precio de los alimentos en los últimos años está provocando cambios significativos en los hábitos alimentarios de gran parte de la población, alejándola progresivamente del patrón tradicional de dieta mediterránea. Así lo reflejan los datos publicados por diversos organismos públicos y privados, que evidencian una tendencia preocupante.

La respuesta inicial debería centrarse en implementar políticas que mejoren o faciliten el acceso económico a alimentos saludables, complementadas con un refuerzo de la educación nutricional. El objetivo es evitar que la presión económica derive en una pérdida continuada de la calidad nutricional de la dieta.

En conjunto, estos cambios alimentarios están ocasionando un descenso en el consumo de productos que aportan nutrientes críticos en determinadas etapas de la vida, lo que podría tener repercusiones relevantes para la salud. En este contexto, y según apunta la evidencia científica, las alternativas nutricionales enriquecidas pueden desempeñar un papel útil para mantener una ingesta adecuada de nutrientes esenciales cuando el patrón alimentario se ve deteriorado por la inflación.

PUBLICACIONES


«Nutrición Hospitalaria. Leche y productos lácteos como vehículos de calcio y vitamina D: papel de las leches enriquecidas»

Autores: Jesús Rodríguez Huertas, Avilene Rodríguez Lara, Olivia González Acevedo y María Dolores Mesa

Bibliografía
1. FACUA-Consumidores en Acción.Cómo han cambiado la cesta de la compra y los hábitos de consumo en los últimos años: resultados de una encuesta a más de 3.000 consumidores [Internet] (2024).
2. Mesa de Participación de Asociaciones de Consumidores (MPAC). Encuesta MPAC de Hábitos de Compra y Consumo 2025 [Internet]. España: MPAC; 2025.
3. Organización de Consumidores y Usuarios (OCU). Análisis de hábitos alimentarios en España 2014–2024 [Internet]. 2025
4. Instituto Nacional de Estadística (INE). Índice de Precios de Consumo. Grupos especiales: frutas frescas. Datos 2024–2025.
5. Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Panel de consumo alimentario en los hogares. Series anuales. 2025.
6. Brines J. La proteína se cae de la cesta de la compra: menos pescado, carne y huevos. Expansión. 23 abril 2025.
7. Estudio Tendencias del Consumidor. Resumen de resultados. Inmark; España.
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16. https://www.clinicalnutritionespen.com/article/S2405-4577%2825%2900384-5/fulltext

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