Lácteos en la dieta infantil: ¿cuáles son sus implicaciones nutricionales y clínicas?
MARÍA RODRÍGUEZ LAZO
Dietista-Nutricionista Pediátrica
Directora del área de nutrición de Grupo IHP
La pirámide del estilo de vida mediterráneo para niños y adolescentes (3–18 años) se ha actualizado recientemente para responder a un reto que ya no admite enfoques parciales: la prevención de la obesidad y del riesgo cardiometabólico debe abordarse desde edades tempranas con un marco integral que combine alimentación, actividad física, descanso, entorno y cultura alimentaria1. La nutrición, por sí sola, no basta. Por eso, la base de la pirámide ya no se limita a “qué comer”, sino que incorpora modelos conductuales que condicionan la calidad de la dieta y la adherencia: comer en familia, implicar a los niños en la compra y la cocina, y favorecer el juego activo al aire libre y el contacto con la naturaleza.
Dentro del patrón alimentario, los lácteos mantienen un papel relevante por su densidad nutricional y su contribución a nutrientes clave en el crecimiento, como el calcio y la proteína, además de vitamina D en función del contexto dietético. Sin embargo, su papel se sitúa hoy en el centro de debates crecientes: descenso progresivo del consumo con la edad, sustitución por bebidas vegetales, limitaciones por alergias e intolerancias y consideraciones de sostenibilidad.
En este escenario, resulta especialmente importante equilibrar cantidad y calidad, diferenciar situaciones clínicas (p. ej., alergia a proteína de leche de vaca frente a intolerancia a la lactosa) y, sobre todo, integrar cualquier recomendación dentro del patrón dietético global. En este artículo revisamos el valor nutricional de los lácteos, la evidencia disponible sobre salud ósea y marcadores cardiometabólicos, y las recomendaciones prácticas de consumo y selección en la infancia.1
Valor nutricional y salud ósea: ¿por qué importan durante el crecimiento?
Los lácteos aportan proteína de alto valor biológico y minerales con alta biodisponibilidad, especialmente calcio y fósforo. Además, contribuyen a la ingesta de vitaminas y otros micronutrientes relevantes durante el crecimiento, como vitamina A y B12, riboflavina, potasio, zinc, colina, magnesio y selenio; su contribución a la vitamina D depende del contexto (ingesta total, fortificación y exposición solar).1 En la práctica clínica, este perfil es especialmente relevante porque permite cubrir requerimientos en etapas de alta demanda (crecimiento lineal, mineralización y cambios corporales puberales), sin depender de grandes volúmenes de comida.
La infancia y la adolescencia constituyen una “ventana crítica” para la salud ósea, al consolidarse el pico de masa ósea que marcará la resiliencia del esqueleto en la vida adulta.1 En la población española, los datos de ANIBES muestran que una proporción importante no alcanza niveles adecuados de calcio y, de forma muy marcada, de vitamina D, lo que refuerza la necesidad de estrategias dietéticas y de salud pública más consistentes2,14. La relación entre ambos nutrientes es clave: la vitamina D favorece la absorción intestinal de calcio.
En este marco, la evidencia en población pediátrica sugiere que el consumo de lácteos, especialmente si están enriquecidos (como revelaba el estudio ESNUPI) 14, puede asociarse con mejoras en indicadores de crecimiento y/o contenido mineral óseo, si bien con heterogeneidad según edad, intervención y contexto dietético1,14.
En paralelo, las tendencias de consumo apuntan a un desplazamiento progresivo de los lácteos a medida que avanza la edad. En un estudio longitudinal en Alemania, la ingesta de leche y otros lácteos disminuyó en niños y adolescentes, mientras aumentaba el consumo de bebidas refrescantes, lo que sugiere una sustitución parcial por opciones de menor valor nutricional. Este cambio no es menor desde la perspectiva clínica: sustituir lácteos por bebidas azucaradas o energéticas puede comprometer la adecuación de nutrientes relevantes para el crecimiento y, al mismo tiempo, empeorar el perfil dietético global asociado al riesgo cardiometabólico.3
En el marco de la nueva pirámide mediterránea infantil, los lácteos (leche, yogur, queso y otros fermentados) se proponen a diario, en torno a 3–4 raciones/día, preferiblemente en su versión entera, sin azúcares añadidos ni saborizantes.¹ En la TABLA 1 se puede ver lo que se define como “1 ración” de diversos lácteos.
| Alimento | 1 ración (cantidad) | Ejemplo práctico |
|---|---|---|
| Leche | 200–250 ml | 1 vaso o taza |
| Yogur / kéfir | 125 g | 1 unidad |
| Queso fresco | 85–125 g | 1 porción |
| Queso curado | 40–60 g | 2–3 lonchas |
Tabla 1. Ejemplos de 1 ración de lácteo (según AESAN, 2022)4 . Fuente: elaboración propia
Evidencia en salud infantil: composición corporal y riesgo cardiometabólico
Cuando se analiza la relación entre lácteos y salud cardiometabólica en infancia y adolescencia, el tipo de evidencia disponible obliga a interpretar con cautela y contexto: el resultado puede depender de qué se sustituye (p. ej., bebidas azucaradas), qué tipo de lácteo se consume (natural vs azucarado) y del patrón dietético global.¹ En un escenario en el que el sobrepeso y la obesidad infantil constituyen una prioridad de salud pública (en España, el exceso de peso en escolares de 6 a 9 años se sitúa en torno al 36%), se refuerza la necesidad de mensajes dietéticos prácticos y basados en evidencia en la consulta pediátrica.5
En escolares españoles (8–11 años), se observó que un mayor consumo de leche entera se asociaba con menores indicadores de adiposidad (IMC, perímetro de cintura, porcentaje de grasa e índice de masa grasa [FMI]) y con un perfil lipídico más favorable (triglicéridos normales y HDL-colesterol más alto).6
Conviene diferenciar cantidad de calidad. En niños y adolescentes de Ciudad de México, una mayor adecuación en raciones y una mejor calidad del lácteo se asociaron con menor adiposidad, reforzando que importa tanto qué lácteo se elige como cuánto se consume.7
Por tanto, en el marco de la pirámide mediterránea infantil, el mensaje práctico en consulta debería centrarse en:
● Priorizar: leche sin azúcar/sabor, yogur natural, kéfir natural, quesos frescos (y, en general, quesos con menor contenido en grasa y sodio)1,7.
● Ocasional/limitar: leches saborizadas, yogures azucarados, postres lácteos y con azúcares añadidos1,7.
Recomendaciones actuales, limitaciones clínicas y sostenibilidad: integrar sin simplificar
En la pirámide mediterránea infantil y juvenil, los lácteos se sitúan como grupo diario con una propuesta de 3–4 raciones al día, priorizando opciones “enteras sin azúcar ni sabor” y manteniendo un patrón global coherente con estilo de vida mediterráneo.¹ Para profesionales, esto puede traducirse en una pauta flexible y realista: distribuir 2–3 tomas a lo largo del día y completar con yogur natural o queso fresco según preferencias y tolerancia, sin desplazar alimentos estructurales del patrón (frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos según edad).
Ahora bien, estas recomendaciones deben convivir con situaciones clínicas frecuentes: la alergia a la proteína de la leche de vaca y la intolerancia a la lactosa pueden limitar el consumo de lácteos en algunos niños. En el caso de la alergia a proteína de leche de vaca (APLV), se requiere un abordaje específico: eliminación estricta de la proteína láctea y sustitución nutricional planificada, especialmente en lactantes y niños pequeños, con fórmulas y estrategias respaldadas por guías y consensos.8 La intolerancia a lactosa, en cambio, es un problema enzimático (déficit de lactasa) con formas primarias y secundarias; su manejo suele permitir enfoques graduados y selección de opciones deslactosadas (variedades “sin lactosa”) u opciones con menor contenido de lactosa (p. ej., quesos curados) según tolerancia individual, evitando eliminaciones innecesarias que comprometan la ingesta de calcio y vitamina D.9
La creciente disponibilidad de alternativas vegetales añade complejidad: no son nutricionalmente equivalentes por defecto. Revisiones sobre sustitutos de la leche de vaca (incluidas bebidas vegetales) subrayan diferencias relevantes en el contenido de proteína, energía y micronutrientes, así como en su biodisponibilidad; además, la fortificación no siempre compensa estas diferencias y varía entre marcas y países. 10 En particular, por motivos de seguridad alimentaria, no se recomienda ofrecer bebidas de arroz como sustituto principal de la leche en menores de 5 años debido a su potencial contenido en arsénico inorgánico.11 En España, análisis centrados en una alimentación saludable y sostenible señalan que los lácteos facilitan cubrir requerimientos en distintas etapas de la vida, mientras que las alternativas vegetales requieren una selección y planificación cuidadosa para evitar déficits, especialmente en población pediátrica.12
En paralelo, la sostenibilidad no puede quedarse en un eslogan. La pirámide incorpora de forma explícita dimensiones ambientales y culturales —biodiversidad, productos locales y de temporada, técnicas culinarias y convivialidad— y plantea la prevención cardiometabólica como un enfoque de conjunto: menos ultraprocesados, más alimentos de base y hábitos protectores.¹ En este marco, la conversación sobre lácteos suele ser más útil cuando se traduce en decisiones concretas: priorizar opciones simples, minimizar el desperdicio alimentario, elegir productos acordes al contexto cultural y económico, y valorar qué alimentos o bebidas tienden a sustituirlos cuando se retiran de la dieta.
Un último elemento, con impacto directo en la adherencia familiar, es la percepción parental. En un estudio se observó que las creencias de los padres sobre la leche y las alternativas vegetales influyen en la compra y en lo que recomiendan a sus hijos, con preocupaciones recurrentes relacionadas con salud y sostenibilidad.13 Para los profesionales, este hallazgo refuerza una estrategia práctica: explorar el motivo del cambio (síntomas percibidos, creencias, entorno escolar, influencia de redes sociales) y reconducir la decisión hacia recomendaciones basadas en evidencia y objetivos nutricionales concretos.
En conjunto, el marco de la nueva pirámide mediterránea infantil facilita recomendaciones claras y coherentes en la práctica clínica: priorizar lácteos sin azucares añadidos, individualizar en situaciones como APLV o intolerancia a la lactosa y orientar de forma segura las sustituciones cuando se opta por alternativas vegetales. En términos de salud pública, integrar los lácteos dentro de este modelo refuerza su valor como herramienta de educación nutricional y de prevención temprana de enfermedad crónica, contribuyendo a reducir la carga cardiometabólica futura en la población pediátrica.
Conclusiones
● Los lácteos aportan proteína de alto valor biológico y micronutrientes relevantes para el crecimiento, con especial interés para la salud ósea.1,2
● La pirámide mediterránea infantil propone 3–4 raciones de lácteos al día, priorizando leche sin azúcares añadidos, yogur natural y quesos frescos, y reservando para un consumo ocasional las opciones azucaradas1.
● La evidencia sobre composición corporal y riesgo cardiometabólico es heterogénea; aun así, sugiere que el contexto dietético y el tipo de lácteo pueden ser tan determinantes como la cantidad consumida.6,7
● La alergia a la proteína de la leche de vaca y la intolerancia a la lactosa son entidades distintas y requieren abordajes diferentes para evitar restricciones innecesarias o déficits de nutrientes clave.8,9
● Las alternativas vegetales no son equivalentes por defecto a la leche: si se utilizan, deben seleccionarse y planificarse con criterios nutricionales (proteína, fortificación y ausencia de azúcares añadidos), especialmente en población pediátrica.10,12
● Integrar lácteos (o sustitutos bien planificados cuando proceda) dentro del patrón mediterráneo y de un enfoque sostenible exige educación nutricional basada en evidencia y, a menudo, abordar percepciones y motivaciones familiares para mejorar la adherencia.1,13
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